Tuesday, February 9, 2016

LA MUERTE NO EXISTE. 6/16

Desperté de malhumor.
No vi a nadie y decidido a terminar con esta locura salí del edificio. No vi a ‘Esos’ por ningún lado, la frenética vida citadina no dejaba espacios para todo lo que había visto en las noches anteriores. Abracé lo cotidiano como el mejor sitio en el que uno puede estar. Fue ahí cuando me enteré que no había pasado yo dos noches como lo suponía, no, había transcurrido un mes desde que regresé al departamento y hallé lo que hallé. Entonces, una opresión en mi ser se hizo patente. Anduve un rato hasta que en el Zócalo y debajo del asta, un tipo me llamó por mi apodo.
“Hey, Apache”. Y se me acercó.
“¿Qué anda haciendo con esa gente loca? Abusado, le puede ir mal, no confíe en cualquiera que conoce en la calle”- se alejó con una sonrisita muy fea en su expresión.
Me sentí expuesto y sin lugar a dónde ir. Si un tipo te quita tu casa así sin más y otros te salen al paso llamándote por tu apodo sin conocerlos, ¿qué lugar es seguro?
Decidí caminar al Templo Mayor, ahí me senté entre los concheros y miraba de reojo todo lo que ocurría. Uno de los danzantes me miró con aprecio y me dijo: “Traes espanto”. Me acercó una mazorca, me dijo que la comiera. Por fin me sentí tranquilo.
Intentaba hacer memoria de lo ocurrido en un mes pero siempre aparecían en mis recuerdos espejos de agua, aves, soles de otros tiempos. Por momentos veía los rostros distorsionados de gente a la que jamás había visto. Algo como un carnaval al estilo Río de Janeiro pero con ríos de sangre quedaba como último recuerdo.
“¿Qué haces aquí?”- me preguntó Aruma.
Su voz me hizo reaccionar. Nada - respondí.
“¿Quieres venir conmigo?” – me dijo.
Los concheros parecían reconocerla pero no dijeron palabra.
El que me acercó la mazorca frita para morderla me susurró:
“De haber sabido no te doy ese elote, ni modo.
Ora sí que ya estás del otro lado de todos modos”.
Los concheros continuaron con sus actividades. 
Aruma miraba de reojo por toda la zona, algo la tenía inquieta. Repitió que nos fuéramos.
Caminamos en silencio, al cruzar frente a Catedral mencionó algo sobre cómo la pirámide azteca estaba tronando la estructura de la nave mayor. A lo lejos distinguí al Tozko quien con su infaltable libreta dibujaba ágilmente la cara de la iglesia en la que nos encontrábamos. Se nos unió.
Caminamos pausadamente de regreso a lo que comenzaron a llamar ‘La Base’. Para mí era mi malograda guarida para meterme con cuanta chica se me antojase. Hasta entonces caí en cuenta que eso es todo lo que yo buscaba con ese cuarto en ese edificio, un lugar tranquilo para estar a solas.
El Tozko cerró la puerta del cubil con parsimonia, como si se asegurara que la puerta se sellaba totalmente.
Una vez cerrada me dijo: “Comprendo que en tu universo morir sea una pena. Estoy seguro que ‘Esos’ se te acercaron, si no te hicieron pomada es porque los concheros con sus danzas sostienen al único pilar que aún sostiene los cielos. Comprendo que no te importe nuestra lucha”.
Me sentí mal. Él continuó: “No ha llegado el momento, sin embargo toda la operación se ha comprometido desde el día en que íbamos en el bus. Te reitero, comprendo que para los sometidos por la cruz morir es una pena, y vaya que lo es… pero nosotros no vemos eso así, es más, te diré algo que no debería pues no te has hecho de un rostro verdadero, pero… la muerte no existe”.
En ese momento la ansiedad llegó a mil por hora, me sentí atrapado en un asunto que no era el mío, maldije el momento en que se me ocurrió dejar mi lugar en la fila de la vecindad.
El Tozko tomó arcilla entre sus manos y me solicitó que le siguiera, y seguí sus órdenes sin cuestionar nada, algo dentro de mí estaba tronado. Trabajar sobre el lodo que tenía sobre la mesa me relajó, por fin me concentré en algo. Él me mostró su máscara, era un ente antropomorfo con una mandíbula de jaguar y con la visera de un búho o tecolote. Aruma me mostró la suya, era una mezcla de venado y tlacuache. Ambos me sonrieron y me hicieron ver que sentirme tranquilo estaba en mis manos literalmente.
De detrás del Tozko apareció un tal Carlangas, quien sacó de un morral diez cabecitas de peyote. Me hizo saber que eran mías, que las ingiriera y que aunque no fuese yo un artista como ellos, me concentrase en expresar en la arcilla aquello que sintiese. El tal Carlangas desapareció en su sombra.
Tozko y Aruma se marcharon a ese lado del cubil que daba a la ‘nada’. No hay palabras para designar lo que sentí al ver todo esto. Sentí el terror en silencio. Horas después al sentir hambre comí los peyotes que sabían muy fuerte, a algo indescriptible también, y durante tres días y tres noches trabajé en mi máscara sin parar en completa soledad. Moldear una cara era lo único que me hacía sentir tranquilo. Por otro lado y a ratos, algo golpeaba la puerta con tremenda fuerza. Casi parecía que la derrumbaría, yo temblaba con cada golpe, afortunadamente la puerta no cedió.
Concluí el trabajo, miré mi obra y caí exhausto. Me abracé y lloré y lloré… comprendí eso de que hay cosas peores que morir. No era yo el mismo, me gustase o no eso que estaba sobre la mesa se parecía a mí pero no era yo, era otra cosa.
Lloré y lloré hasta caer dormido o despertando en una pesadilla, ya no supe. Después de esto nada volvió a ser igual para nadie en toda la ciudad.